Golf y agua en España: consumo, sequía, riego y uso de agua regenerada¿Cuánta agua consume realmente el golf en España? Los datos muestran el peso creciente del agua regenerada, pero también la necesidad de reducir y medir mejor el consumo.

En España, pocas imágenes generan una reacción tan inmediata como la de un campo de golf intensamente verde en medio de un paisaje castigado por la sequía. Mientras bajan los embalses, se imponen restricciones y agricultores y ciudadanos son llamados a reducir su consumo, ver funcionar los aspersores sobre calles y greens puede parecer difícilmente justificable. Para una parte de la opinión pública, la conclusión parece evidente: el golf consume un agua que España ya no puede permitirse.

Pero una imagen no constituye un balance hídrico. Para evaluar realmente el impacto de un campo de golf hay que responder a preguntas más precisas: ¿cuánta agua utiliza?, ¿de dónde procede?, ¿qué superficie se riega realmente?, ¿se utiliza agua potable, subterránea, regenerada o desalada?, ¿en qué momento del año se consume? Y, sobre todo, ¿qué presión ejerce ese consumo sobre los recursos disponibles localmente? En España, donde la escasez de agua no es una hipótesis futura sino una realidad recurrente, estas preguntas resultan especialmente importantes. Los datos dibujan una situación bastante más compleja que el enfrentamiento habitual entre defensores y detractores del golf.

108 millones de metros cúbicos de agua al año

Una de las estimaciones más recientes procede del informe Golf y Agua. Informe sobre los Campos de Golf españoles y su relación con el Agua, presentado el 26 de septiembre de 2024. El trabajo fue realizado por Juan Antonio López, catedrático de la Universidad de Cádiz, y promovido por la Real Federación Española de Golf (RFEG) y la Asociación Española de Campos de Golf (AECG). Según sus conclusiones, el conjunto de los campos españoles consume aproximadamente 108 hectómetros cúbicos de agua al año, es decir, 108 millones de metros cúbicos. La cifra equivaldría al 0,34 % de los aproximadamente 32.000 hm³ consumidos anualmente en España.

Es una cifra útil para poner el golf en perspectiva a escala nacional, pero necesita dos precauciones. La primera es metodológica: aunque el informe fue elaborado por un catedrático universitario, fue promovido por las propias organizaciones representativas del sector y no constituye una auditoría pública e independiente de cada campo español. La segunda es todavía más importante: un porcentaje nacional no permite determinar si un consumo concreto es sostenible localmente. El 0,34 % puede parecer pequeño a escala de España y, sin embargo, una extracción puede ser problemática si se produce en una cuenca sometida a estrés hídrico durante una sequía prolongada. En materia de agua, el lugar y el momento importan tanto como el volumen.

La particularidad española: el agua regenerada

Aquí aparece una diferencia fundamental entre España y muchos otros mercados de golf. Según el informe de 2024, el 59 % de los campos de golf españoles utiliza agua regenerada para el riego y el 56 % del volumen total consumido procede de recursos no convencionales, es decir, principalmente agua regenerada y desalada. La implantación sería todavía mayor en las zonas donde la presión hídrica es más evidente: la AECG indica que más del 75 % de los campos de la zona mediterránea y las islas utilizan agua regenerada, con un 70 % en el sur peninsular y el Levante, un 80 % en Canarias y un 96 % en Baleares.

Estas cifras son relevantes porque cambian la naturaleza de la discusión. Un metro cúbico de agua regenerada no puede analizarse exactamente de la misma manera que un metro cúbico de agua potable o que una extracción de un acuífero sometido a estrés. Pero tampoco significa que el problema desaparezca. Regenerar agua requiere infraestructuras, tratamientos y energía; transportarla puede exigir redes específicas y bombeo, y ese recurso puede competir con otros usos agrícolas, urbanos, industriales o ambientales. La reutilización resuelve principalmente una cuestión esencial —evitar recurrir a recursos de mayor calidad cuando no son necesarios—, pero no elimina la necesidad de reducir el consumo.

Cataluña demuestra que la reutilización no es experimental

Cataluña proporciona un buen ejemplo de la escala que puede alcanzar esta política. La Agència Catalana de l’Aigua contabiliza actualmente 24 estaciones públicas de regeneración, capaces conjuntamente de tratar hasta 140 hm³ de agua al año. El agua producida puede destinarse a usos municipales, agrícolas, industriales, ambientales y recreativos, entre ellos específicamente el riego de campos de golf.

El caso de Castell-Platja d’Aro, en Girona, demuestra además que no se trata de una tecnología experimental desarrollada como respuesta a las últimas sequías. Su estación de regeneración entró en servicio en 1998 y dispone de una capacidad de 14.400 m³ diarios, equivalente a unos 5 hm³ anuales. Según la propia ACA, el agua regenerada se utiliza principalmente para usos recreativos, especialmente el riego de campos de golf, y en menor medida para agricultura. Más de un cuarto de siglo después, esta infraestructura ilustra cómo una fuente alternativa puede integrarse de manera permanente en la gestión territorial del agua.

En Andalucía, el agua regenerada forma parte de la regulación

La situación andaluza resulta especialmente reveladora porque el uso de agua regenerada no depende únicamente de iniciativas voluntarias. El Decreto 43/2008, que regula las condiciones de implantación y funcionamiento de los campos de golf en Andalucía, estableció un marco específico para sus recursos hídricos. Durante la situación excepcional de sequía, el Decreto-ley 2/2022, de 29 de marzo, fue más lejos: su artículo 6.2 establece que, mientras persista esa situación en las unidades territoriales de escasez afectadas, los campos deben utilizar obligatoriamente para el riego la totalidad de las aguas regeneradas que puedan producirse en las estaciones depuradoras y suministrarse legalmente a las instalaciones.

La precisión es importante: no se trata simplemente de afirmar que «los campos andaluces deben utilizar agua regenerada», sino de entender un sistema en el que la disponibilidad del recurso, la situación de cada cuenca y las restricciones vigentes determinan las condiciones de utilización. De hecho, durante episodios severos de sequía algunos municipios han prohibido expresamente utilizar agua potable para regar campos de golf. Rincón de la Victoria, en Málaga, lo hizo en julio de 2023 cuando el embalse de La Viñuela se encontraba alrededor del 9 % de su capacidad.

Andalucía muestra también por qué la polémica no puede reducirse al 0,34 %

Precisamente en Andalucía encontramos la crítica que falta si solo observamos las cifras aportadas por el sector. En 2022, Público calculó, a partir de estimaciones de consumo recogidas de especialistas y organizaciones ecologistas, que los 109 campos contabilizados entonces en Andalucía podían consumir el equivalente al abastecimiento de más de un millón de personas. El artículo señalaba asimismo que el golf representaba alrededor del 2 % del agua consumida en Andalucía y el 2,4 % en las Cuencas Mediterráneas, donde se concentra buena parte de los campos de la Costa del Sol.

Entre las voces críticas citadas, el ingeniero agrónomo Santiago Martín Barajas, de Ecologistas en Acción, sostenía que la mayoría de los campos andaluces se regaban principalmente con aguas subterráneas. Se trata de una afirmación atribuida a una organización ecologista, y no de un dato que pueda extrapolarse automáticamente al conjunto del golf español, pero plantea una cuestión central: conocer el origen efectivo del agua utilizada por cada instalación.

El contrapunto también existe. El sector sostiene que una gran parte del agua utilizada no es potable y que el peso del golf en el consumo nacional es muy reducido. Un análisis publicado por El Español en 2023 planteaba precisamente esta lectura: cerrar campos tendría un efecto poco significativo sobre el balance hídrico nacional, aunque reconocía que el impacto sí puede adquirir importancia en zonas sometidas a fuerte estrés hídrico.

Las dos posiciones no responden exactamente a la misma pregunta. El sector pone el foco en qué porcentaje del agua española consume el golf y qué proporción procede de fuentes alternativas. Sus críticos preguntan qué presión ejerce un campo concreto sobre un territorio donde el agua escasea y qué otros usos podrían hacerse de ese recurso. Ambas escalas son necesarias para entender el problema.

Murcia recuerda que el origen del agua también debe controlarse

La discusión tampoco se limita a Andalucía. En agosto de 2024, Ecologistas en Acción pidió a la Confederación Hidrográfica del Segura una auditoría de los campos de golf de la Región de Murcia después de que la Guardia Civil detectara quince pozos ilegales vinculados al campo de Lorca. La organización reclamó controles sobre el riego del resto de instalaciones de la comunidad y sostuvo que las aguas depuradas disponibles no eran suficientes para cubrir todas sus necesidades.

Este episodio no demuestra que los campos murcianos utilicen generalmente agua de manera irregular, y sería incorrecto presentarlo así. Pero sí evidencia por qué la trazabilidad del recurso es fundamental. No basta con publicar el consumo global del sector o el porcentaje nacional de agua regenerada. Para evaluar una instalación concreta es necesario saber exactamente de dónde procede cada metro cúbico que utiliza y si esa captación está autorizada.

Un campo verde no significa necesariamente que utilice agua potable

Este punto resulta especialmente importante en España. Durante una sequía, la imagen de un campo verde junto a un paisaje seco puede provocar una reacción comprensible. Pero el color por sí solo no permite conocer el origen del agua utilizada. En Baleares, por ejemplo, la AECG afirma que el 96 % de los campos utiliza agua regenerada. Sería por tanto arriesgado concluir a partir de una fotografía que un campo está compitiendo directamente con el abastecimiento doméstico.

Pero el razonamiento inverso sería igualmente incorrecto. Que un campo utilice agua regenerada tampoco demuestra automáticamente que su gestión sea eficiente. Podría utilizar un recurso alternativo y, al mismo tiempo, aplicar más agua de la necesaria. Por eso, origen y cantidad son dos indicadores diferentes. Una política hídrica seria debe evaluar ambos, además de la disponibilidad local del recurso y del momento en que se produce el consumo.

El siguiente paso es utilizar menos agua

Según el informe promovido por la RFEG y la AECG, el 92 % de los campos españoles aplica medidas destinadas a reducir su consumo de agua. El propio sector identifica además la falta de infraestructuras de transporte como la principal razón por la que determinados campos no utilizan agua regenerada. Esta última cuestión es importante: un campo no puede decidir unilateralmente utilizar agua regenerada si no existe una estación capaz de producirla cerca, una red para transportarla, capacidad suficiente o autorización para emplearla.

Pero afirmar que el 92 % aplica medidas de ahorro sigue siendo insuficiente para evaluar el resultado. Instalar sensores de humedad, renovar aspersores, utilizar estaciones meteorológicas, cambiar variedades de césped o reducir superficies regadas son acciones relevantes. La pregunta decisiva es otra: ¿cuántos metros cúbicos se ahorran realmente? Ahí es donde el debate sobre sostenibilidad necesita avanzar. No basta con conocer las medidas implementadas; es necesario medir sus resultados.

Regar solo donde realmente hace falta

Un campo de golf no necesita mantener toda su superficie en las mismas condiciones. Greens, tees y determinadas zonas de juego requieren estándares agronómicos muy diferentes de los roughs, áreas naturalizadas o zonas periféricas. En condiciones de escasez, esa diferencia permite establecer prioridades y concentrar el agua donde resulta indispensable para mantener el juego, dejando que otras superficies evolucionen de acuerdo con las condiciones climáticas.

Esto implica también un cambio cultural. Durante décadas, una parte del golf turístico español ha vendido una imagen de calles intensamente verdes durante todo el año. En un clima mediterráneo, mantener artificialmente esa estética puede exigir cantidades importantes de agua. Un campo más seco no es necesariamente un campo peor y una calle amarilla no es necesariamente una calle muerta. La adaptación climática del golf español puede depender tanto de las expectativas de los jugadores como de la tecnología utilizada por los greenkeepers.

La tecnología permite precisión, no crea agua

Los sistemas modernos de riego permiten conocer la humedad del suelo, controlar individualmente los aspersores, adaptar los ciclos a la evapotranspiración y detectar zonas que necesitan más o menos agua. Todo ello puede reducir pérdidas y hacer que cada metro cúbico tenga mayor utilidad agronómica. Pero incluso el mejor sistema de riego tiene una limitación evidente: no produce agua.

España necesita por ello combinar varias estrategias: reducir la demanda, utilizar especies más resistentes, mejorar el suelo, modernizar el riego, aumentar la capacidad de almacenamiento y recurrir a fuentes alternativas cuando sea posible. La regeneración del agua es una de esas herramientas, probablemente una de las más importantes en el contexto español, pero no puede convertirse en una autorización para dejar de medir el consumo.

El golf español necesita más datos públicos

Aquí aparece probablemente la principal debilidad de la discusión. Disponemos de cifras nacionales: 108 hm³, 0,34 % del consumo español, 59 % de campos utilizando agua regenerada, 56 % del volumen procedente de fuentes no convencionales y 92 % de instalaciones aplicando medidas de ahorro. Son datos útiles y ofrecen una fotografía mucho más precisa que algunas estimaciones antiguas, pero proceden de un informe promovido por las organizaciones del propio sector.

Para evaluar realmente la evolución del golf español sería útil disponer de información accesible y comparable a nivel de cada instalación. Seis indicadores permitirían ya avanzar considerablemente: consumo anual total, origen del agua, porcentaje de agua regenerada o desalada, superficie realmente regada, consumo por hectárea y evolución del consumo durante varios años, con una verificación independiente cuando sea posible. La polémica murciana muestra que también sería pertinente hacer trazables las autorizaciones asociadas a las distintas fuentes de abastecimiento.

¿Sostenibilidad o greenwashing?

El golf español tiene argumentos reales que presentar. El uso de agua regenerada está ampliamente implantado en determinadas regiones, existen obligaciones regulatorias y hay infraestructuras funcionando desde hace décadas. Numerosos campos han invertido además en sistemas de riego más precisos. Pero ninguno de estos elementos debería convertir automáticamente cada iniciativa medioambiental en una prueba de sostenibilidad.

La misma exigencia debe aplicarse a quienes critican el golf. Comparar el consumo de un campo con el de miles de habitantes puede producir una cifra llamativa, pero no informa por sí solo sobre el origen del agua utilizada ni sobre si ese recurso podría destinarse directamente al abastecimiento humano. Del mismo modo, una fotografía de un aspersor no informa sobre el volumen consumido, la fuente utilizada ni las restricciones aplicables en ese territorio. Ni el césped verde demuestra despilfarro ni una etiqueta sostenible demuestra sobriedad. Los datos sí pueden hacerlo.

El 0,34 % no cierra el debate

La cifra más tentadora para defender al golf español es probablemente la más sencilla: 0,34 % del consumo nacional de agua. Pero utilizarla como respuesta definitiva sería un error. Que el golf represente una pequeña fracción del consumo español ayuda a dimensionar el problema; no demuestra que cada extracción sea sostenible.

España presenta enormes diferencias hidrológicas entre territorios. Un metro cúbico disponible en una zona con recursos suficientes no tiene el mismo valor ambiental que un metro cúbico utilizado durante una sequía en una cuenca mediterránea sometida a restricciones. Por eso, comparar el golf con la agricultura, la industria o el consumo urbano solo responde parcialmente a la cuestión. Andalucía lo demuestra particularmente bien: un porcentaje nacional pequeño puede coexistir con una controversia local intensa cuando varios usuarios compiten por un recurso escaso.

El futuro del golf español quizá sea menos verde

España dispone, paradójicamente, de una ventaja: la escasez de agua ha obligado a muchas regiones a afrontar antes que otros países problemas que ahora empiezan a aparecer en mercados históricamente más húmedos. La utilización de agua regenerada, especialmente extendida según los datos sectoriales en Baleares, Canarias, Levante y el sur peninsular, demuestra que es posible reducir la dependencia de los recursos convencionales.

Pero la siguiente etapa será más exigente. No consistirá solamente en sustituir un tipo de agua por otro, sino en necesitar menos agua. Eso puede significar greens protegidos con precisión, menos superficie irrigada, variedades vegetales mejor adaptadas al clima, mayor almacenamiento, más reutilización y también calles que no permanezcan de un verde perfecto durante doce meses al año. Quizá sea necesario modificar incluso nuestra definición visual de un campo de golf bien mantenido.

En un país sometido estructuralmente a episodios de sequía, el amarillo puede ser a veces el color de una gestión más racional del agua. Y el dato más importante de los próximos años quizá no sea cuánta agua utilizan hoy los campos de golf españoles, sino cuánta pueden demostrar que han dejado de necesitar mañana.

Fuentes

Por Laurent Agostini

Laurent Agostini es periodista especializado en golf desde 2010, fundador de MyGolfMedia y autor de varios libros dedicados a este deporte, entre ellos *Penser avant de swinguer*. Analiza la actualidad del golf, las tecnologías, el equipamiento y los métodos para mejorar el juego desde una perspectiva independiente, basada en hechos, datos y testimonios de profesionales.

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