Soy diestro. Sin embargo, mi ojo dominante es el izquierdo. No lo descubrí en un campo de golf, sino jugando al tenis, cuando un entrenador me hizo comprender que mi percepción de la pelota y mi colocación no funcionaban exactamente como yo suponía. Para un golfista, la pregunta surge casi de inmediato: ¿puede una dominancia cruzada entre ojo y mano influir en nuestra manera de apuntar, de patear o incluso de realizar el swing?
La cuestión está lejos de ser anecdótica. Jack Nicklaus, que jugaba al golf como diestro, describía su ojo izquierdo como su «master eye», es decir, el ojo con el que percibía principalmente la bola. Incluso relacionaba esta particularidad con la posición de su cabeza durante el backswing. Sin embargo, entre las observaciones realizadas por grandes campeones, las teorías desarrolladas por los profesores de golf y aquello que la investigación científica permite demostrar realmente, la dominancia ocular ha dado lugar a numerosas interpretaciones.
Un estudio publicado en 2025 aporta datos especialmente interesantes. Los investigadores analizaron la lateralidad de 71 golfistas profesionales, todos ellos situados entre los 500 mejores jugadores del mundo. Sus conclusiones son bastante más matizadas que algunas de las teorías habitualmente asociadas a la dominancia ocular: la lateralidad visual puede ser un factor que conviene tener en cuenta, pero no existe un perfil sencillo de dominancia ocular que produzca automáticamente mejores golfistas.
Ser diestro no significa necesariamente tener el ojo derecho dominante
La dominancia manual resulta fácil de comprender. La mayoría de nosotros utilizamos espontáneamente una mano para escribir, lanzar o realizar movimientos de precisión. La dominancia ocular es más compleja. Cuando nuestro sistema visual debe jerarquizar la información proporcionada por ambos ojos, puede favorecer uno de ellos.
La mano y el ojo dominantes pueden encontrarse en el mismo lado. Una persona diestra puede ser también dominante del ojo derecho. Se habla entonces de dominancia ojo-mano no cruzada. Pero un diestro también puede tener como dominante el ojo izquierdo, y viceversa. En ese caso hablamos de dominancia cruzada.
Esta distinción resulta interesante en golf porque apuntar, alinearse y ejecutar un movimiento dependen, en distinta medida, de la relación entre lo que percibe el jugador y la manera en que organiza su cuerpo respecto a la bola y al objetivo. Sin embargo, incluso una cuestión aparentemente tan sencilla como determinar cuál es el ojo dominante resulta menos evidente de lo que parece. Diferentes métodos de evaluación pueden producir clasificaciones distintas y la dominancia ocular no tiene por qué manifestarse de manera idéntica en todas las tareas visuales.
Por esta razón, conviene ser prudente con las afirmaciones demasiado precisas sobre el porcentaje de personas que presentan una dominancia ojo-mano cruzada o no cruzada. Las cifras varían según la población estudiada y, especialmente, según el método empleado para medirla.
El golf presenta, no obstante, una particularidad interesante. Diferentes investigaciones han encontrado patrones de lateralidad cruzada entre golfistas, incluidos jugadores de alto nivel. Pero observar que una característica aparece con cierta frecuencia entre buenos jugadores no demuestra que esa característica sea la causa de que jueguen mejor.
71 profesionales analizados: lo que reveló el estudio de 2025
Para estudiar la cuestión directamente entre golfistas de élite, un grupo de investigadores aprovechó el Irish Open de 2023 para recopilar datos sobre la lateralidad de los participantes. El trabajo, publicado posteriormente en 2025 en el Journal of Sports Sciences, incluyó a 71 profesionales masculinos, lo que representaba el 47 % del cuadro del torneo. Todos estaban situados entre los 500 primeros del ranking mundial. Su posición media era el puesto 255 y acumulaban una media de 12,6 años como profesionales.
Los investigadores no se limitaron a preguntar si los jugadores eran diestros o zurdos. Determinaron su preferencia manual, el ojo dominante, el pie dominante y el lado desde el que jugaban al golf. Después compararon estos datos con diferentes indicadores de rendimiento, entre ellos el ranking mundial y las estadísticas de strokes gained.
De los 71 profesionales, 44 —el 62 %— tenían el ojo derecho dominante, mientras que 25 —el 35 %— presentaban dominancia del ojo izquierdo. En dos jugadores no se detectó una dominancia ocular clara. Como 69 de los 71 combinaban una preferencia manual diestra con una posición de juego de diestro, una parte importante de los jugadores con dominancia del ojo izquierdo presentaba, por tanto, una lateralidad ojo-mano cruzada.
El dato resulta interesante. Pero no es la principal conclusión del estudio.
Cuando los investigadores compararon estas características con el rendimiento de los jugadores, encontraron relaciones limitadas entre dominancia manual, dominancia ocular, lado de juego y rendimiento. Aparecieron algunas asociaciones al combinar la dominancia de mano, ojo y pie, pero los resultados no permitieron establecer un perfil de lateralidad ideal para jugar al golf al máximo nivel.
Dicho de otra manera: la dominancia ojo-mano cruzada está presente entre algunos de los mejores golfistas del mundo. Pero ser diestro y tener el ojo izquierdo dominante no constituye un pasaporte hacia el golf profesional.
En el putting, la cuestión se vuelve mucho más interesante
Si existe un ámbito del golf en el que la investigación sobre la dominancia ocular merece una atención especial, es el putting. No porque una determinada dominancia produzca automáticamente mejores pateadores, sino porque la propia postura de putting modifica las condiciones visuales desde las que un golfista percibe la bola, la línea inicial y el objetivo.
Un estudio particularmente interesante de Kristine Dalton, Michel Guillon y Shehzad Naroo, publicado en 2015 en Optometry and Vision Science, analizó a 31 golfistas: 14 amateurs, siete profesionales de club y diez profesionales de alto nivel. En lugar de medir únicamente la dominancia ocular con los participantes de pie y mirando al frente, los investigadores volvieron a evaluarla reproduciendo las condiciones visuales del putting.
Los resultados cuestionan algunos de los consejos más simplistas que se han dado tradicionalmente sobre la visión en golf.
La dominancia ocular medida mirando al frente no coincidía necesariamente con la observada en condiciones de putting. Además, la intensidad de esa dominancia disminuía significativamente durante la prueba específica de putting. Y, sobre todo, los investigadores no encontraron una relación entre la dominancia ojo-mano cruzada y un mayor nivel de habilidad con el putter. Su recomendación fue, por tanto, no evaluar la dominancia ocular únicamente en una posición convencional, sino también en las condiciones visuales propias del putting.
Probablemente sea una de las conclusiones más útiles para el golfista amateur. Conocer cuál es su ojo dominante proporciona información, pero esa información solo adquiere verdadero sentido cuando se analiza dentro de la tarea que se pretende realizar.
¿Deben estar realmente los ojos justo encima de la bola?
Un experimento bastante más antiguo obtuvo un resultado que debería interesar a cualquier golfista al que le hayan enseñado que, al patear, los ojos deben situarse obligatoriamente justo encima de la bola.
En 1995, Gregg Steinberg, Shane Frehlich y Keith Tennant estudiaron a 48 golfistas principiantes. Veinticuatro eran diestros y dominantes del ojo derecho; los otros 24 eran diestros con dominancia del ojo izquierdo. Los participantes debían patear hacia un objetivo situado a 3,66 metros en dos condiciones diferentes: con los ojos directamente encima de la bola o colocados aproximadamente cinco centímetros hacia el interior, en dirección a los pies.
Los investigadores encontraron una interacción significativa entre lateralidad ojo-mano y posición de los ojos. Los participantes diestros y dominantes del ojo derecho cometían menos errores y mostraban una menor dispersión cuando sus ojos estaban situados ligeramente hacia el interior de la línea de la bola, en lugar de exactamente encima de ella. El grupo con dominancia cruzada no respondió de la misma manera.
Evidentemente, este experimento no permite establecer una regla universal para el putting. La muestra estaba formada únicamente por 48 principiantes. Pero plantea una pregunta bastante más interesante: ¿y si la posición de los ojos considerada teóricamente «correcta» no fuera la mejor para la percepción de todos los golfistas?
Otro estudio, publicado en 2005, abordó la cuestión desde una perspectiva diferente. Cuarenta y siete estudiantes japoneses de educación física, todos diestros, realizaron putts desde tres metros utilizando alternativamente una posición de diestro y otra de zurdo. Los participantes dominantes del ojo derecho obtuvieron mejores resultados jugando como diestros, mientras que entre los dominantes del ojo izquierdo apareció la tendencia contraria. De nuevo, se trataba de jugadores sin gran experiencia, por lo que sería injustificado concluir que un golfista debería cambiar de lado según su ojo dominante. Sin embargo, el experimento aporta otro indicio de que la dominancia ocular, la posición corporal y la percepción del objetivo pueden interactuar.
Jack Nicklaus quizá encontró su solución, no la nuestra
Los grandes campeones constituyen casos fascinantes, siempre que sus particularidades individuales no se conviertan en leyes biomecánicas universales.
Jack Nicklaus probablemente sea uno de los mejores ejemplos. Jugaba como diestro y tenía dominancia del ojo izquierdo. Nicklaus describía ese ojo como su «master eye» y desarrolló una posición de la cabeza compatible con su propia organización visual.
El ejemplo es importante porque muestra cómo un jugador excepcional puede construir un movimiento extremadamente eficaz alrededor de su propia percepción. No demuestra, sin embargo, que la dominancia del ojo izquierdo haya producido el swing de Nicklaus, ni que otro golfista diestro y dominante del ojo izquierdo deba copiar su posición de cabeza.
La diferencia es fundamental. Una característica individual puede ayudar a explicar por qué una determinada posición funciona para un jugador sin convertir esa posición en una recomendación técnica válida para todos.
¿Y qué ocurre con Phil Mickelson?
Los golfistas que juegan desde el lado contrario a su lateralidad natural añaden otra dimensión al debate. Phil Mickelson es el ejemplo más conocido: es naturalmente diestro en numerosas actividades cotidianas, pero juega al golf como zurdo. Este tipo de configuración se ha relacionado en ocasiones con la dominancia ocular, aunque las investigaciones disponibles apuntan hacia otra posible explicación.
Un estudio publicado en 2022 analizó a 150 golfistas distribuidos entre cinco categorías de hándicap y entrevistó además a doce jugadores que utilizaban lo que los investigadores denominaron un reversed stance: su mano preferida quedaba situada en la parte superior del grip y no en la inferior. Los profesionales y los jugadores de la categoría amateur más alta de la muestra tenían 21,5 veces más probabilidades de utilizar esta configuración.
Los investigadores no pudieron explicar esta asociación simplemente a través de la dominancia ocular. Una de las hipótesis se centró más bien en el papel que desempeña la mano preferida cuando se encuentra situada en la parte superior del grip y en cómo podría intervenir en el control del movimiento.
El estudio resulta especialmente interesante porque permite separar dos conceptos que a menudo se confunden. Jugar al golf desde el lado opuesto a la mano naturalmente dominante y presentar una dominancia ojo-mano cruzada son dos fenómenos diferentes. Y, desde luego, el extraordinario juego corto de Mickelson no puede reducirse a una sola particularidad neurológica o visual.
En el swing completo entramos todavía en el terreno de las hipótesis
Aquí la evidencia científica se vuelve considerablemente más limitada.
Es relativamente fácil construir una teoría atractiva. Un golfista diestro y dominante del ojo izquierdo podría mantener la bola en su campo visual de manera diferente durante el backswing, algo que potencialmente podría influir en la posición de la cabeza, la rotación de los hombros o la percepción de la bola a lo largo del movimiento. El ejemplo de Nicklaus hace que esta hipótesis resulte intuitivamente convincente.
Pero los datos disponibles no permiten convertirla en una regla.
La investigación de 2025 realizada con 71 profesionales de élite proporciona precisamente una advertencia muy útil. Si una determinada combinación ojo-mano ofreciera una ventaja mecánica importante en el swing completo, cabría esperar encontrar una señal clara de rendimiento en una población formada por jugadores de nivel mundial. No fue así. Las asociaciones entre dominancia ocular, dominancia manual, lado de juego y rendimiento fueron limitadas.
Por tanto, el ojo dominante debería considerarse como una variable más dentro de la organización individual de cada golfista, y no como un programa oculto que dirige su swing.
¿Cómo puede saber cuál es su ojo dominante?
El test más sencillo no requiere ningún material. Elija un objeto situado a varios metros de distancia. Extienda los brazos y forme con las manos una pequeña abertura. Manteniendo los dos ojos abiertos, coloque el objeto en el centro de esa abertura. A continuación, cierre alternativamente un ojo y después el otro. El ojo con el que el objeto permanece más próximo a la posición original suele considerarse el dominante para este tipo de tarea visual.
Sin embargo, el trabajo de Dalton y sus colaboradores obliga a introducir una precaución importante: no conviene conceder una importancia excesiva a este único resultado. La dominancia ocular medida mirando al frente y la observada en las condiciones propias del putting no tienen por qué comportarse exactamente de la misma manera.
Para un golfista, el experimento realmente interesante empieza después, en el green.
Busque un putt recto y utilice una línea dibujada en la bola o una varilla de alineación colocada en el suelo como referencia objetiva. Adopte su posición habitual sin intentar situar artificialmente los ojos exactamente encima de la bola. Observe cómo percibe la línea, salga de la posición y repita el ejercicio modificando ligeramente la ubicación de los ojos respecto a la bola.
El objetivo no consiste en encontrar una posición supuestamente impuesta por su ojo dominante. Se trata de identificar aquella desde la que una línea objetivamente recta también le parece recta a usted.
Esa diferencia es esencial.
¿Qué puede hacer realmente un golfista con esta información?
Descubrir que es diestro y dominante del ojo izquierdo no constituye, por sí solo, una razón para modificar el grip, acortar el backswing, cambiar de lado o reconstruir su técnica. La literatura científica disponible no justifica cambios de esta magnitud únicamente a partir de la dominancia ocular.
Esta información puede resultar útil, en cambio, cuando aparece un problema concreto. Si tiene repetidamente la sensación de estar perfectamente alineado pero las mediciones demuestran lo contrario, si un putt objetivamente recto deja de parecerlo una vez colocado sobre la bola o si modifica sistemáticamente la posición de la cabeza para percibir el objetivo, entonces sí puede merecer la pena estudiar el componente visual.
El putting es el lugar más lógico para hacerlo. El enfoque debería parecerse más a un fitting que a una reconstrucción técnica: medir antes de corregir. Pruebe distintas posiciones de los ojos, compruebe la orientación real de la cara del putter, confronte su percepción con referencias objetivas y busque la configuración que produzca resultados más repetibles.
Los estudios realizados en 1995, 2005 y 2015 no dicen que exista una posición ideal determinada por el ojo dominante de cada golfista. En realidad, aportan una conclusión bastante más útil: la interacción entre visión, lateralidad y putting es demasiado individual como para reducirla a una única regla.
El ojo dominante importa, pero no decide su golf
Durante años, las teorías sobre la dominancia ocular han ofrecido una explicación muy atractiva: si la lateralidad ojo-mano cruzada aparece con relativa frecuencia entre buenos golfistas, debe proporcionar algún tipo de ventaja mecánica o perceptiva.
Las investigaciones más recientes obligan a ser mucho más prudentes.
Sí, la lateralidad cruzada existe entre golfistas de élite. Sí, la posición de los ojos puede influir en la percepción y en el rendimiento con el putter. Y sí, jugadores excepcionales como Jack Nicklaus desarrollaron técnicas perfectamente compatibles con sus propias características visuales. Pero la evidencia disponible no demuestra que un determinado ojo dominante convierta a un jugador en mejor pateador o en mejor pegador de bola.
El estudio publicado en 2025 sobre 71 profesionales de nivel mundial constituye probablemente uno de los mejores recordatorios de esta realidad. En el golf de élite conviven diferentes perfiles de lateralidad y la dominancia ocular, por sí sola, explica sorprendentemente poco sobre quién juega mejor.
Así que sigo siendo un golfista diestro con el ojo izquierdo dominante. Saberlo puede ayudarme a comprender mejor determinadas percepciones en el campo de golf, del mismo modo que me ayudó a entender algunas sensaciones jugando al tenis. Pero no me proporciona ninguna ventaja secreta ni una excusa cómoda para mis malos golpes.
Y probablemente esa sea la conclusión más útil: conocer su ojo dominante puede ayudarle a comprender y personalizar mejor su golf. Lo que no debe hacer es convertirlo en una nueva ley universal del swing.
