Golfista afrontando pensamientos negativos después de un mal golpe en el campo de golfUn mal golpe dura apenas unos segundos. El verdadero desafío mental es evitar que influya en el siguiente.

A veces basta un solo golpe.

Un drive acaba entre los árboles cuando la calle parecía imposible de fallar. Un putt de poco más de un metro bordea el hoyo y no entra. Un hierro perfectamente golpeado termina en el búnker en lugar de quedarse en green.

El golpe terminó hace diez segundos. Pero, en la cabeza del golfista, todavía se está jugando.

¿Cómo he podido fallar eso? ¿Por qué siempre cometo el mismo error? No vuelvas a hacerlo en el siguiente hoyo…

Ahí comienza uno de los desafíos mentales más particulares del golf.

A diferencia de muchos otros deportes, el golf nos deja una enorme cantidad de tiempo para pensar en lo que acabamos de hacer. Caminamos hacia la bola. Esperamos a otro jugador. Comprobamos una distancia. Permanecemos uno o dos minutos en el siguiente tee.

En una vuelta de cuatro horas, dedicamos sorprendentemente poco tiempo a ejecutar golpes.

Entre uno y otro, nuestra mente dispone de todo el tiempo necesario para reconstruir el pasado, anticipar lo peor y convertir un error técnico aislado en un problema mental mucho más duradero.

MyGolfMedia ya abordó este tema en 2017, cuando Justin Thomas acababa de ganar su primer PGA Championship. Thomas hablaba entonces de la importancia de la paciencia y de la necesidad de cambiar su manera de interpretar los errores. Al principio de su carrera, un bogey podía parecerle algo capaz de arruinarle toda la jornada. Poco a poco aprendió que un domingo luchando por un torneo es muy largo y que pueden suceder muchas cosas después de un mal hoyo.

Casi una década después, aquella idea sigue siendo extraordinariamente pertinente.

Lo que ha cambiado es la manera en que deberíamos hablar de los pensamientos negativos.

El consejo tradicional era sencillo:

Piensa en positivo.

La psicología deportiva actual nos invita a plantear una pregunta bastante más interesante:

¿Y si el problema no fuera tener un pensamiento negativo, sino permitir que ese pensamiento decida lo que hacemos en el siguiente golpe?

El golf está casi diseñado para darle vueltas a las cosas

Una de las observaciones más acertadas de nuestro artículo original era también una de las más sencillas: los golfistas disponen de muchísimo tiempo para pensar.

Pueden transcurrir varios minutos entre dos golpes. Caminamos hasta la bola, esperamos, calculamos la distancia, elegimos un palo y nos preparamos para el siguiente desafío.

El golf ofrece así un terreno especialmente fértil para la rumiación.

No la tires al agua.

Hoy no meto un putt.

No sé jugar con este palo.

Pase lo que pase, nada de tres putts.

Otra vez he desperdiciado un buen drive.

No hay nada extraordinario en tener este tipo de pensamientos. Un golfista puede conocer perfectamente su técnica y, aun así, comprobar cómo su atención queda progresivamente atrapada por el resultado que precisamente intenta evitar.

Aquí conviene establecer una distinción fundamental.

Un pensamiento no es el vuelo de una bola.

Tampoco es una instrucción que estemos obligados a obedecer.

Y mucho menos una predicción.

Pensar «seguro que la tiro al agua» no significa, evidentemente, que la bola vaya a terminar allí.

Pero si ese pensamiento monopoliza nuestra atención, aumenta la tensión muscular, acelera nuestra rutina o nos hace dudar del objetivo elegido, puede empezar a influir indirectamente en el golpe.

Por eso, el objetivo probablemente no debería ser convertirse en un golfista que nunca tiene pensamientos negativos.

Ese golfista seguramente no existe.

Una habilidad mucho más realista consiste en ser capaz de reconocer:

Esto es lo que estoy pensando ahora mismo.

Y después evitar convertir automáticamente ese pensamiento en la realidad del siguiente golpe.

Aquí encontramos una diferencia importante respecto a lo que escribíamos en 2017.

Entonces recomendábamos transformar los pensamientos negativos en positivos y prestar atención al diálogo interior.

Ese diálogo sigue siendo importante. Pero después de mandar un drive fuera de límites, no sirve de mucho colocarse sobre la siguiente bola repitiéndose:

Estoy jugando un golf fantástico.

Una frase neutra y práctica probablemente resulte mucho más útil:

«Eso ya ha terminado. ¿Cuál es ahora mi mejor opción?»

El mal golpe no siempre es el problema. Lo que haces después sí puede serlo

Quizá este sea el punto más importante de todo el artículo.

Acabas de fallar un putt de menos de un metro.

Ese error te ha costado un golpe. Es un hecho.

Pero imagina que llegas al siguiente tee pensando todavía en ese putt. Estás enfadado. Sacas el driver casi automáticamente. Acortas tu rutina. Tu ritmo se acelera. La siguiente bola termina en un área de penalización.

De repente, aquel putt fallado te está costando más de un golpe.

El primer error fue un error de golf.

El segundo puede ser, al menos parcialmente, una consecuencia de cómo procesaste el primero.

Aquí es también donde el juego mental se encuentra con la estrategia de campo.

Tomar una decisión racional exige cierta disponibilidad mental. Un jugador que sigue emocionalmente atrapado en el golpe anterior no necesariamente analiza la situación presente de la misma manera.

Psicología y estrategia son dos cuestiones distintas.

Pero sobre el campo terminan encontrándose.

El golf puede ser además especialmente cruel porque el resultado inmediato no siempre nos dice si hemos hecho lo correcto.

Un gran swing puede acabar mal después de un bote desafortunado.

Una mala decisión puede recibir un premio cuando un árbol devuelve la bola a la calle.

Si nuestro estado emocional depende exclusivamente del resultado, estamos concediendo un enorme poder a acontecimientos que no podemos controlar por completo.

La habilidad mental consiste, por tanto, menos en celebrar artificialmente cada error que en separar tres cosas:

qué acaba de ocurrir, qué podemos aprender de ello y qué debemos hacer ahora.

Justin Thomas ya expresaba algo parecido cuando hablaba de aprender de las semanas en las que no ganaba en lugar de considerarlas simplemente fracasos.

Puede parecer una pequeña diferencia.

Pero cambia por completo la pregunta.

¿Por qué soy tan malo?

Hay muy poca información útil en esa pregunta.

¿Qué ha provocado ese golpe y necesito cambiar algo ahora mismo?

Esa pregunta sí puede tener una respuesta.

Y a veces la respuesta correcta es simplemente:

Nada.

Intentar no pensar en el peligro puede hacer que le prestes todavía más atención

Imagina un par 3 con agua por la derecha.

Te colocas detrás de la bola y tu primer pensamiento es:

Hagas lo que hagas, no la tires a la derecha.

¿Qué deberías hacer?

El consejo mental tradicional podría sugerir sustituir inmediatamente ese pensamiento por una afirmación positiva:

Voy a coger el green.

A algunos golfistas puede funcionarles.

Pero no es necesariamente la única solución.

Una respuesta más práctica consiste en aceptar que nuestro cerebro ha identificado correctamente el agua —al fin y al cabo, el obstáculo existe— y dirigir después nuestra atención hacia una información útil:

¿Dónde quieres realmente que termine la bola?

El agua pasa a formar parte del problema, pero deja de ser el centro del problema.

Nuestro objetivo podría situarse cinco metros a la izquierda de la bandera.

El vuelo previsto podría ser un ligero fade.

La única sensación de swing podría ser simplemente un ritmo familiar.

La elección concreta importa menos que lo que provoca en nuestra atención: nos dirige hacia algo que queremos producir en lugar de hacia una consecuencia que intentamos evitar.

La diferencia puede parecer puramente semántica.

No lo es.

No la tires al agua no describe un golpe de golf.

Voy a iniciar mi hierro 7 hacia la zona izquierda del centro del green sí lo hace.

Por eso el juego mental tampoco necesita convertirse en algo místico.

No intentamos convencernos de que el obstáculo no existe.

Estamos decidiendo dónde colocar la limitada cantidad de atención de la que disponemos durante los segundos anteriores a la ejecución.

Un estudio publicado en 2026 en Frontiers in Psychology ofrece un ejemplo interesante de la importancia que puede tener esta fase de decisión previa al golpe. Los investigadores observaron a 81 golfistas amateurs universitarios, con un Handicap Index medio cercano a 26, a lo largo de 243 decisiones en hoyos dogleg. Cuando un jugador se desviaba de su comportamiento habitual y elegía una opción más agresiva, esa decisión se asociaba en el experimento con aproximadamente medio golpe adicional en el hoyo.

Los propios autores fueron prudentes a la hora de generalizar el resultado.

Pero el experimento ilustra un principio importante:

lo que sucede antes del swing también cuenta.

Una rutina sirve, ante todo, para decidir dónde colocamos nuestra atención

En este aspecto, nuestro artículo de 2017 ha envejecido bastante bien.

Ya entonces defendíamos que una rutina no sirve únicamente para preparar el cuerpo. También ayuda a situar la mente en el estado necesario para ejecutar el golpe y debería entrenarse en el campo de prácticas, no reservarse exclusivamente para el recorrido.

La investigación sobre las rutinas previas a la ejecución respalda de forma general su utilidad.

Un metaanálisis que reunió 112 tamaños del efecto encontró resultados favorables sobre el rendimiento deportivo, incluso en situaciones de presión. En los estudios experimentales analizados, el efecto medio alcanzó un Hedges’ g de 0,64 en condiciones de baja presión y de 0,70 bajo presión.

Evidentemente, estas cifras no significan que una rutina permita ahorrar 0,7 golpes.

Son tamaños del efecto estadísticos utilizados para comparar el rendimiento entre diferentes condiciones experimentales.

Las investigaciones específicamente relacionadas con el golf apuntan en una dirección parecida.

Un experimento con 68 participantes estudió golpes de wedge desde 40, 50 y 60 metros y comparó una práctica exclusivamente física con un entrenamiento que incorporaba además una rutina cognitiva y conductual.

Los resultados fueron especialmente favorables para los no golfistas que utilizaron el enfoque combinado, mientras que las mejoras entre los golfistas no fueron, en general, estadísticamente significativas.

Ese matiz importa.

Una rutina no es una fórmula mágica universal.

Pero sí es algo que puede entrenarse.

Más recientemente, un estudio Delphi publicado en 2026 en el International Journal of Golf Science propuso un modelo de rutina denominado «STOP S.L.O.W. GO». El modelo se desarrolló a partir de la literatura existente y posteriormente fue evaluado por 36 entrenadores de golf de la NCAA Division I estadounidense.

El consenso global sobre su utilidad alcanzó el 72,73 %, mientras que cinco de sus seis fases obtuvieron un acuerdo del 100 % entre los participantes.

Pero tampoco deberíamos convertir este resultado en un nuevo dogma.

Los mejores jugadores no utilizan necesariamente una rutina idéntica cronometrada al segundo.

Un estudio realizado con seis golfistas de élite observó que sus rutinas podían variar según el tipo de golpe que iban a ejecutar.

Por eso, quizá la función de la rutina sea más importante que su forma exacta.

Permite crear una transición entre:

análisis, decisión y ejecución.

Para el golfista amateur, la rutina mental puede seguir siendo extremadamente sencilla.

Antes de acercarse a la bola:

¿Cuál es mi objetivo? ¿Qué golpe he decidido jugar?

En el stance:

Una intención o una sensación conocida, preferiblemente sin acumular tanta información como para iniciar un análisis técnico completo del swing.

Después del golpe:

Observarlo. Aceptar el resultado. Extraer, si es necesario, alguna información útil.

Y después cerrarlo.

Quizá esa sea la palabra más importante:

cerrarlo.

Después de un mal golpe puedes enfadarte, pero no durante los tres hoyos siguientes

A veces caricaturizamos la mentalidad de un campeón como un estado de control emocional absoluto: sin ira, sin miedo, sin frustración.

Basta con observar prácticamente cualquier torneo profesional para comprobar que la realidad es muy diferente.

Los mejores jugadores del mundo también fallan golpes. Dejan caer un palo con frustración, apartan la mirada de la bola, hablan con su caddie o permanecen inmóviles durante unos segundos después de cometer un error.

La fotografía de Justin Thomas que acompañaba nuestro artículo original lo ilustraba especialmente bien.

Tiene las manos sobre la cabeza. Y, en cierto modo, esa imagen explica mejor la realidad del golf que otra fotografía de un campeón sonriendo junto a un trofeo.

Incluso uno de los mejores jugadores de su generación puede experimentar la frustración inmediata de un golpe que no ha producido el resultado esperado.

Thomas ya no es aquel joven talento sobre el que escribíamos en 2017. En septiembre de 2026 tiene 33 años y ha construido una carrera con 16 victorias en el PGA Tour y dos PGA Championships.

Precisamente esa perspectiva hace que su ejemplo resulte más interesante.

Aprender a gestionar la frustración, la impaciencia y los errores no es una etapa que desaparezca cuando uno alcanza un determinado nivel.

Sigue formando parte del juego.

La diferencia quizá esté menos en si aparece la emoción que en cuánto tiempo permitimos que permanezca.

Puedes enfadarte después de fallar un putt.

El objetivo no consiste en negar la emoción.

Pero entre ese green y el siguiente tee, algo tiene que terminar.

Algunos jugadores guardan el putter en la bolsa y utilizan ese gesto como una especie de punto final simbólico.

Otros respiran profundamente.

Otros hablan deliberadamente con su compañero de partido sobre algo que no tiene absolutamente nada que ver con el golf.

El ritual concreto importa menos que su finalidad:

crear una frontera entre lo que ya no podemos cambiar y lo que todavía podemos influir.

Probablemente aquí es donde más modificaríamos nuestro consejo de 2017.

Entonces escribíamos:

«Transforma los pensamientos negativos en pensamientos positivos.»

En 2026 preferimos decir:

No intentes necesariamente convertir un pensamiento negativo en positivo. Aprende primero a no obedecerlo.

Un ejercicio mucho más difícil de lo que parece

Puedes probarlo durante tu próxima vuelta.

Durante nueve hoyos, no intentes evitar los pensamientos negativos.

Haz exactamente lo contrario.

Obsérvalos.

Cada vez que aparezca un pensamiento intrusivo, hazte una pregunta muy sencilla:

¿Se refiere al pasado, al futuro o al golpe que estoy preparando ahora?

¿Cómo he podido fallar ese putt?

Pasado.

Si hago otro bogey, he arruinado la tarjeta.

Futuro.

158 metros, un poco de viento en contra, objetivo en la zona izquierda del centro del green.

Presente.

Quizá te sorprenda descubrir cuánto golf jugamos mentalmente en un lugar distinto de aquel en el que se encuentra realmente nuestra bola.

Después, añade una regla.

Una vez que comienza tu rutina pre-golpe, ya no intentas resolver el pasado ni calcular las consecuencias futuras.

El análisis ha terminado.

Ahora existe un solo golpe.

Un objetivo.

Una intención.

Puedes hacer exactamente lo mismo en el campo de prácticas.

Esta ya era una de las recomendaciones de nuestro artículo original: no entrenes únicamente el movimiento. Entrena también la secuencia mental que lo acompaña.

En lugar de golpear treinta hierros 7 consecutivos desde la misma alfombra, utiliza menos bolas y trata cada una como si tuviera importancia.

Elige un objetivo diferente.

Colócate detrás de la bola.

Decide el golpe.

Haz tu rutina.

Golpea.

Observa el resultado.

Y vuelve a empezar.

Ya no estás entrenando únicamente tu hierro 7.

Estás entrenando tu capacidad para volver al golpe presente.

Nunca eliminarás todos los pensamientos negativos

Quizá esta sea, finalmente, la mayor diferencia entre el artículo que publicamos en 2017 y esta nueva versión.

Entonces concluíamos que crear repetidamente secuencias positivas ante situaciones negativas podía hacer que un golfista se volviera mentalmente más fuerte.

Esa idea conserva parte de su valor.

Pero hoy merece una formulación menos binaria.

Mentalmente, el golf no se divide de manera limpia entre pensamientos positivos y negativos.

Existen, sobre todo, pensamientos que nos ayudan a realizar la tarea que tenemos delante y pensamientos que alejan nuestra atención de ella.

Puedes tener miedo y ejecutar un golpe extraordinario.

Puedes sentir una confianza absoluta y hacer doble bogey.

Puedes llegar al tee del 18 convencido de que tu driver te ha traicionado durante toda la jornada y aun así encontrar el centro de la calle.

Por tanto, la fortaleza mental probablemente no sea esa capacidad casi mítica de pensar en positivo durante cuatro horas consecutivas.

Se parece más a la capacidad de detectar que ha aparecido un pensamiento, decidir si resulta útil y, cuando no lo es, volver a dirigir nuestra atención hacia aquello que todavía podemos controlar.

Tu objetivo.

Tu decisión.

Tu rutina.

Tu próximo golpe.

El anterior ya ha terminado.

Por Laurent Agostini

Laurent Agostini es periodista especializado en golf desde 2010, fundador de MyGolfMedia y autor de varios libros dedicados a este deporte, entre ellos *Penser avant de swinguer*. Analiza la actualidad del golf, las tecnologías, el equipamiento y los métodos para mejorar el juego desde una perspectiva independiente, basada en hechos, datos y testimonios de profesionales.

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