En algún momento, muchos golfistas empiezan a experimentar lo mismo.
El hierro con el que antes llegaban cómodamente a green empieza a quedarse corto. Primero necesitan un palo más. Después, quizá dos. Los drives que antes alcanzaban determinadas zonas de la calle empiezan a caer unos metros antes. Y existe una explicación aparentemente evidente:
Me estoy haciendo mayor.
Hace algunos años, MyGolfMedia ya abordó esta cuestión a partir, entre otros elementos, de los trabajos y análisis de Mike Carroll para el Titleist Performance Institute. La idea resultaba alentadora: la edad cronológica no era necesariamente la única responsable de que un golfista perdiera velocidad. La disminución progresiva de la fuerza, la potencia y determinadas capacidades neuromusculares también podía desempeñar un papel importante.
Y, a diferencia de la edad, algunas de esas cualidades pueden entrenarse.
En 2026 disponemos de más datos para matizar aquella conclusión.
Sí, el envejecimiento provoca cambios fisiológicos reales que pueden reducir nuestra capacidad para generar velocidad. No, un programa de fuerza no puede devolver mágicamente a un jugador de 70 años las capacidades físicas que tenía a los 25.
Pero entre esas dos afirmaciones existe un margen considerable sobre el que todavía podemos actuar.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 analizó 33 estudios con un total de 798 participantes. En los estudios controlados, el entrenamiento físico produjo una mejora media de 1,05 m/s en la velocidad de la cabeza del palo —aproximadamente 2,35 mph—, 2,20 m/s en la velocidad de bola, 9,33 metros de carry y 10,55 metros de distancia total.
Los propios investigadores, sin embargo, calificaron como baja la certeza de la evidencia procedente de los estudios controlados. Es una precisión importante: estos valores son resultados medios de diferentes investigaciones, no una promesa de lo que conseguirá cualquier jugador.
Aun así, unos diez metros adicionales no son insignificantes.
Pueden cambiar el palo con el que atacamos un green. Y repetido durante 18 hoyos, ese cambio puede tener consecuencias reales sobre la forma de jugar un recorrido.
Por eso quizá deberíamos plantearnos una pregunta más interesante:
¿Qué provoca realmente la pérdida de velocidad de swing a medida que envejecemos y qué parte de esa pérdida podemos todavía modificar?
No es únicamente tu swing el que envejece
Hablar de pérdida de velocidad asociada a la edad puede hacernos imaginar un proceso casi matemático: cada cumpleaños nos costaría unas décimas de velocidad con el driver.
El cuerpo humano no funciona de una manera tan sencilla.
Con el paso de los años se producen cambios en la masa muscular, la fuerza máxima y, especialmente, en la capacidad de producir fuerza rápidamente. También cambia el funcionamiento del sistema neuromuscular.
Para un golfista resulta especialmente importante distinguir entre fuerza y potencia.
Simplificando, la fuerza representa nuestra capacidad para producir fuerza muscular.
La potencia añade una variable fundamental:
el tiempo.
En el swing de golf no basta con ser capaz de generar mucha fuerza. Hay que producirla y transmitirla muy rápidamente.
El swing con el driver sucede en un intervalo de tiempo extremadamente corto.
Eso explica por qué una persona puede desenvolverse perfectamente en su vida cotidiana —caminar, subir escaleras, cargar bolsas o realizar actividades normales— y, al mismo tiempo, comprobar que ya no consigue acelerar el driver como lo hacía diez o veinte años atrás.
Por tanto, la cuestión no es únicamente cuánta masa muscular conserva un jugador.
También importa la capacidad del sistema neuromuscular para movilizar esa fuerza con rapidez.
Y esa diferencia cambia bastante nuestra manera de entender el envejecimiento del golfista.
¿Y si la flexibilidad no fuera la principal responsable?
Pregunta a un jugador veterano por qué pega menos distancia que antes y probablemente escucharás una explicación muy habitual:
Ya no tengo la misma flexibilidad.
Gira menos. La espalda está más rígida. El backswing se ha acortado.
La movilidad importa. Una limitación física individual puede condicionar la organización del swing y obligar a realizar determinadas adaptaciones técnicas.
Pero eso no significa necesariamente que la flexibilidad sea la característica física más relacionada con la velocidad de la cabeza del palo.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Sports Medicine en 2024 examinó 20 estudios que investigaban la relación entre diferentes características físicas y la velocidad de la cabeza del driver.
Los investigadores encontraron asociaciones significativas con la fuerza del tren inferior y superior, diferentes mediciones de salto y la capacidad explosiva del tren superior, entre otras variables.
Sin embargo, las mediciones agrupadas de flexibilidad no mostraron una asociación significativa con la velocidad de la cabeza del palo.
Eso no significa que los golfistas deban dejar de trabajar su movilidad.
Tampoco demuestra que una restricción de movilidad concreta no pueda perjudicar el swing de un determinado jugador.
La conclusión es mucho más específica: en los estudios analizados, las variables relacionadas con la fuerza y la capacidad explosiva mostraron una relación más clara con la velocidad de la cabeza del palo que las mediciones de flexibilidad.
Una revisión sistemática anterior había llegado a conclusiones similares. Las correlaciones más importantes con la velocidad de la cabeza del palo correspondían a la potencia y explosividad del tren superior (r = 0,51), fuerza del tren inferior (r = 0,46), fuerza del tren superior (r = 0,41) y potencia y explosividad del tren inferior (r = 0,38). Pruebas como sentadillas, saltos y lanzamientos de balón medicinal también mostraban relaciones relativamente importantes con la velocidad.
Pero conviene recordar un principio fundamental:
correlación no significa causalidad.
Lanzar un balón medicinal más lejos no hará automáticamente que muevas el driver más rápido.
Lo interesante es otra cosa.
Estos resultados cuestionan una creencia muy extendida en el golf: si estás perdiendo velocidad con la edad, limitarte a intentar ganar flexibilidad puede significar que solo estás trabajando una parte del problema.
La capacidad para generar fuerza —y especialmente para generarla rápidamente— también merece atención.
¿El cuerpo todavía responde al entrenamiento después de los 60 o 70 años?
Esta era una de las cuestiones centrales del artículo original de MyGolfMedia.
Y continúa siendo probablemente la pregunta más importante.
La respuesta es:
sí.
La edad modifica la respuesta del organismo al ejercicio, pero no la elimina.
También debemos corregir aquí una afirmación demasiado categórica que aparecía en la antigua versión de nuestro artículo. En aquel momento citábamos un experimento con hombres mayores de 70 años y sugeríamos que el entrenamiento prácticamente había eliminado la diferencia física existente con un grupo de participantes de 24 años.
Hoy no repetiríamos esa conclusión sin disponer de evidencias mucho más sólidas.
La literatura científica actual permite formular una conclusión más prudente y suficientemente interesante:
la fuerza y la potencia siguen siendo entrenables a edades avanzadas.
No podemos anular el envejecimiento.
Pero sí podemos actuar sobre algunas de sus consecuencias funcionales.
¿Pero hacerse más fuerte realmente permite mover el driver más rápido?
Aquí es donde la cuestión se vuelve especialmente interesante para el golfista.
Mejorar la fuerza en un gimnasio es una cosa.
Aumentar la velocidad de la cabeza del driver es otra.
Durante años, muchas recomendaciones sobre preparación física para golf se apoyaron en un número relativamente limitado y heterogéneo de investigaciones. Poco a poco, esa base científica se ha ampliado.
La revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 examinó específicamente los efectos de diferentes intervenciones de entrenamiento físico sobre el rendimiento del golpe de golf. Los investigadores identificaron 33 estudios con 798 participantes, de los cuales 26 eran estudios controlados.
En esos estudios controlados, el entrenamiento físico produjo una mejora media de:
1,05 m/s en la velocidad de la cabeza del palo, aproximadamente 2,35 mph.
La velocidad de bola aumentó:
2,20 m/s, aproximadamente 4,92 mph.
El carry mejoró:
9,33 metros.
Y la distancia total:
10,55 metros.
No son cifras espectaculares.
Y precisamente por eso resultan interesantes.
Para un jugador que no pretende ganar treinta metros en unas semanas, sino reducir la pérdida progresiva de rendimiento físico o recuperar una parte de la distancia perdida, unas pocas millas por hora pueden tener una importancia real.
Pero existe una limitación fundamental.
Esos 798 participantes no eran 798 golfistas mayores de 70 años. Las investigaciones incluían diferentes edades, niveles de juego y protocolos de entrenamiento.
Por eso no podemos decir seriamente a un jugador de 65 años:
Entrena durante ocho semanas y ganarás diez metros.
Eso no es lo que demuestra la evidencia.
Lo que podemos afirmar con mayor prudencia es:
un programa de entrenamiento físico estructurado puede mejorar variables directamente relacionadas con el rendimiento en golf, incluida la velocidad de la cabeza del palo y la distancia.
Entonces, ¿qué debería entrenar un golfista?
Aquí conviene evitar transformar un artículo de golf en una prescripción médica universal.
En nuestro antiguo artículo hablábamos de sentadillas, saltos y lanzamientos con balón medicinal. No era una elección arbitraria. La fuerza, el rendimiento en saltos y determinadas capacidades explosivas se encuentran entre las variables físicas relacionadas con la velocidad de la cabeza del palo en la literatura científica.
Pero eso no significa que un jugador de 72 años que nunca haya entrenado fuerza deba entrar mañana en un gimnasio, cargar una barra con el 85 % de su máximo y empezar a realizar ejercicios explosivos.
El principio de entrenamiento es más importante que una receta universal.
Un programa destinado a conservar o desarrollar velocidad puede trabajar varias cualidades complementarias: fuerza, capacidad para expresar esa fuerza rápidamente, movimientos explosivos apropiados y, finalmente, velocidad específica aplicada al swing.
La combinación adecuada depende de cada persona.
Importan la experiencia previa de entrenamiento, las lesiones, la salud articular, el equilibrio, la condición física general y los antecedentes médicos.
Dos jugadores pueden tener 68 años y presentar capacidades físicas completamente diferentes.
Por eso «golfista sénior» no es, por sí solo, un programa de entrenamiento.
También puedes perder distancia sin perder tanta velocidad
Existe otra confusión frecuente.
No todos los metros perdidos proceden del envejecimiento físico.
La distancia con el driver no depende únicamente de la velocidad de la cabeza del palo.
El punto de impacto sobre la cara, la velocidad de bola obtenida a partir de la velocidad del palo, el loft dinámico, el ángulo de ataque, el spin, las condiciones de lanzamiento, las características del driver y de la bola e incluso la longitud de la varilla participan en el resultado.
La técnica también puede cambiar con la edad, en ocasiones como una adaptación inconsciente a nuevas capacidades físicas.
Un jugador puede, por tanto, estar perdiendo distancia por varios motivos simultáneamente.
Imaginemos que ha perdido 3 mph de velocidad con el driver, pero además centra peor los impactos y genera demasiado spin.
Los efectos se acumulan.
Hacerse más fuerte no solucionará necesariamente todo el problema.
A la inversa, un fitting adecuado puede recuperar algunos metros sin necesidad de recuperar toda la velocidad perdida, simplemente aprovechando mejor la velocidad que el jugador todavía posee.
Por eso medir es mucho más útil que suponer.
Si realmente quieres entender qué ha cambiado, registrar periódicamente con un launch monitor fiable la velocidad del palo, velocidad de bola, calidad del impacto, lanzamiento, spin y carry puede proporcionar mucha más información que limitarse a pensar:
Antes pegaba más largo.
La primera pregunta debería ser:
¿Qué ha cambiado realmente?
Darren Clarke es un buen ejemplo, pero no una prueba científica
La imagen que acompaña este artículo muestra a Darren Clarke.
El norirlandés resulta interesante para ilustrar un tema relacionado con longevidad y golf, pero no constituye una prueba científica de lo que puede conseguir físicamente un jugador veterano.
Clarke ganó The Open en Royal St George’s en 2011, con 42 años.
Su trayectoria muestra hasta qué punto experiencia, técnica, estrategia y capacidades físicas pueden seguir interactuando durante una carrera deportiva muy larga.
Pero un profesional de élite no representa al golfista amateur medio.
Utilizar a Clarke para afirmar qué puede conseguir físicamente un jugador de 65 o 70 años sería engañoso.
Su carrera simplemente nos recuerda una particularidad extraordinaria de este deporte:
el golf permite seguir evolucionando durante muchísimo tiempo.
No necesitas el cuerpo de un profesional de 25 años para continuar jugando a un gran nivel dentro de tus propias posibilidades.
Y tampoco tienes por qué aceptar cada pérdida física asociada a la edad sin intentar actuar sobre ella.
El mejor momento para pensar en tu golf a los 70 quizá sea a los 45
Esta era probablemente una de las mejores ideas del artículo original.
Y sigue siendo válida.
Este tema no afecta exclusivamente a los golfistas sénior.
Afecta a todos los golfistas que envejecen.
Es decir, a todos nosotros.
A los 35, 45 o 55 años, conservar fuerza y potencia puede no parecer una prioridad porque las consecuencias de perderlas todavía no son evidentes.
A los 65 o 75, esas cualidades pueden adquirir mucha más importancia.
La ciencia no promete que podamos conservar indefinidamente nuestra máxima velocidad de swing.
El envejecimiento existe.
Nuestra fisiología cambia.
Incluso con un entrenamiento excelente, nadie puede garantizar que a los 75 años tendrá exactamente las mismas capacidades físicas que tenía a los 25.
Quizá, por tanto, la verdadera alternativa no sea elegir entre envejecer o no envejecer.
La alternativa está entre envejecer dejando de estimular determinadas capacidades físicas y envejecer intentando conservar y entrenar una parte de ellas.
Esto también nos permite corregir otra afirmación demasiado rotunda de nuestro antiguo artículo.
No sería correcto decir:
La edad no es responsable de tu pérdida de velocidad.
En 2026 podemos formularlo de una manera mucho más precisa:
La edad importa. Pero la edad no explica toda la historia.
Fuerza, potencia, actividad física, técnica, lesiones, salud, entrenamiento y material forman parte de una misma ecuación.
Y la buena noticia es muy sencilla:
algunas de esas variables siguen siendo entrenables.
Las investigaciones más recientes específicas sobre golf indican que el entrenamiento físico puede producir mejoras medibles en velocidad de la cabeza del palo, velocidad de bola y distancia.
Por eso, el objetivo de un golfista que se hace mayor quizá no debería ser recuperar el driver que tenía a los 25 años.
La pregunta más interesante es otra:
Con el cuerpo que tienes hoy, ¿has alcanzado realmente tu límite de velocidad… o simplemente has dejado de entrenarla?
